XXIV Pregón Juventud Cofrade

XXIV PREGÓN DE LA

JUVENTUD COFRADE

PRONUNCIADO POR

D. PABLO MAPELLI LAFUENTE

EL SÁBADO 30 DE MARZO DE 2019 EN LA IGLESIA DE LA CONCEPCIÓN DE MÁLAGA

ORGANIZADO POR LA

ANTIGUA HERMANDAD Y REAL COFRADÍA DE NAZARENOS DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LA HUMILDAD
EN SU PRESENTACIÓN AL PUEBLO «ECCE HOMO», NUESTRA MADRE Y SEÑORA DE LA MERCED
Y SAN JUAN EVANGELISTA

«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor. Y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos» 1 Cor 12, 4-11

Señor presidente de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Málaga, Hermano mayor, Junta de Gobierno y hermanos de la Humildad,
Querido hermano mayor y cofrades del Monte Calvario, mis hermanos.

Estimado vigésimo tercer pregonero de la Juventud, Leopoldo, Poli. Gracias infinitas por tu presentación y, permíteme que aquí me detenga si quiera un momento, para expresarte mi aprecio y mi respeto; para poner en valor tu meritoria hoja de servicios cofrade, tu valentía y tu condición personal –simpática, cercana y afectiva–. Y cierro paréntesis, no sin antes hacerte partícipe del contenido de este pregón, que está inspirado, sin duda, en cofrades como tú.

Autoridades, sacerdotes, hermanos mayores, pregoneros de la Juventud, cofrades, familiares, y amigos.

Buenas tardes.

Hace apenas tres meses que el Señor me bendijo con el precioso don de la paternidad. Ocurrió en una hermosa mañana de diciembre, con el destello de la primera luz del Adviento, a escasos metros del tintineante caminar de mi entrañable Señora de los Remedios.

Desde aquel día, en que nuestra pequeña abrió sus dulces ojos por primera vez, una inquietud ronda mi mente. ¿Cómo contarte, hija mía, por qué soy cofrade? ¿Cómo relatarte lo vivido; cómo narrarte, a partir de ahora, cuanto vivamos juntos y compartir cuanto descubras, o te sea revelado? ¿Cómo hacerte partícipe de aquello que me define y forma parte irrenunciablemente de mi vida, de mi carácter? Aquello, el ser cofrade, que ha crecido y madurado conmigo, fortaleciéndome en la fe, uniéndome a muchos; forjándose, calibrándome como persona y equilibrándome como cristiano. Sirva, por tanto, este pregón para compartir también contigo esta visión a corazón abierto; y dedicado especialmente a ti, pues, en mi juventud has llegado y tuya es mi juventud.

Te hablaré de una niñez cercana al Paseo del Parque, pegado a la ventana que recibía el eco irradiado de viejas notas del maestro Escámez; de aquellas tardes de Jueves Santo vistiendo junto a mi hermano la negra túnica de terciopelo de la Congregación de Mena. Te contaré anécdotas y curiosidades, como las que la tía Lolilla –el «Nazareno Verde»– nos dejó en su incalculable legado; de fascinantes visitas a su casa, también del tío Carlos, de su biblioteca presidida por la Virgen de la Esperanza y de los preciadísimos recuerdos que de ellos guardo. Te contaré –o mejor, te contarán tus abuelos– de aquel día en que un tambor cayó en mis manos y de cómo no paré hasta que me vi uniformado, para descanso y alivio de mis padres, y de los vecinos más cercanos; o de aquella madrugada del abuelo en una cola junto a la puerta de San Julián, para poder sacarnos unas sillas en la Alameda –entonces no existía la oficina de atención al abonado–. Unos padres, los míos, que supieron contagiarse de algo que nació con el pellizco de un pequeño ilusionado y que, con el paso de los años, se convirtió en toda una constitución. A ellos, pequeña, debo la generosidad de haberme acompañado en cada paso que di, haciendo suyos mis empeños y compartidas mis ilusiones. La ilusión de vestir túnica propia para poder salir porque en la cofradía

ya no quedaban, y conservar capirotes de cartón con el año pintado a lápiz y la cinta de tela bien doblada. La emoción de los primeros «capilleos» de la mano y la paciencia de escuchar por toda la casa, una y otra vez, interminables horas de música procesional, fuese la época que fuese, de cualquier autor o banda. No exageramos cuando decimos que los padres, ay, los padres, santos son, un poco mártires y, para los cofrades, un apoyo fundamental.

Pero es con el tránsito de la niñez a la juventud, que es lo que hoy aquí nos convoca, cuando se pega el estirón cofrade; el auténtico despertar. Inolvidables años, en los que, poco a poco, abandonamos lo que hasta ese momento tomábamos como un juego, para empezar a formar parte de una militancia con horas robadas al descanso –y al estudio– y una querencia desbordante e inabarcable a cualquier causa que nos llame a filas –o no–, como si fuese a acabarse el mundo, sin escatimar sacrificios, trasnochando, queriendo bebernos todo un cosmos enciclopédico que nos permita alcanzar la cima del conocimiento; aprender, experimentar, reunirse, discutir, liberarse, viajar, limpiar, montar y desmontar, transgredir, sacar, salir y entrar… Adolescencia. Pero he aquí, que aquí comienza el nuevo conocimiento de uno mismo, como cofrade. En mi caso, vino siempre de mano de la amistad. Amistad que me ha conducido a ser hermano de cada cofradía a la que pertenezco. A la Pollinica de mi niñez tardía, a los Remedios del resurgir de la gloria de la misma gloria. Pero, absoluta y especialmente, a mi Hermandad, al Monte Calvario. Todos y cada uno de los pasos que entonces di, como los que me han traído hoy hasta aquí, han estado marcados por la amistad, el mayor tesoro que guardo en mi patrimonio cofrade particular.

Y es en el Monte Calvario donde descubrí, con los años, el verdadero peso de lo que significa ser cofrade; el calado, la hondura de considerarse como tal, el valor de la hermandad. Y siempre, siempre, en términos de juventud, de una juventud que es, considero yo, más una cualidad espiritual, que una mera etapa de la vida. Porque ser cofrade debe pasar necesariamente por no olvidar nunca ni abandonar la juventud. Juventud que me ha enseñado que no existen retos imposibles. Juventud entre amigos y tardes de albacería, de sueños y proyectos, de inconformismo, de afrontar cada meta como algo grande, de considerarse cofrade sin fronteras ni prejuicios, de compromiso firme y de incansable servicio a la hermandad. La misma que unió a un grupo todavía adolescente y lo fue forjando, porque así vinieron las cosas, en responsabilidades, triunfos y también tribulaciones.

Pero fue, es y será siempre la hermandad la que dará sentido a nuestra condición de cofrades; por ello nos conocerán y en ella nos reconoceremos. No por gustos o aficiones, no por amar y participar de la Semana Santa, ni considerarnos defensores de nuestras tradiciones, ni por capillitas, ni por sensibilidades o cualesquiera otros motivos se nos ocurran; somos cofrades porque hacemos de la hermandad una forma de vida, compartiéndola entre hermanos, asumiendo su carisma y afrontando sus fines como propios. Por eso, cofrade, no importa cuándo hayas llegado, no importa tu linaje, ni tus méritos; no importa tu papeleta de sitio, ni tu implicación, ni el tiempo entregado, ni tu criterio. Que nadie juzgue los motivos que te llevaron a jurar unas reglas o a imponerte la medalla. Que baste con tu presencia, tu perseverancia y tu inquebrantable espíritu de pertenencia a la cofradía. No vivas ajeno a ella, no te busques en realidades advenedizas, ni colectivos impropios; no deambules entretenido en lo accesorio. Siéntete parte de la hermandad, acude a su llamada, vívela como

iglesia, transmítela y sele siempre fiel porque así, hermano, y no de otra manera, se fundamenta la razón del ser cofrade y su pervivencia en el futuro.

(…)

¿Quién ha de temerte, juventud? ¿Quién ha de temerte, si has sido protagonista de innumerables conquistas, coronando hasta las cimas más insospechadas; si has escrito con tesón indudable páginas y páginas de triunfo en la historia de nuestras cofradías? ¿Quién sino los jóvenes, si bien no siempre solos, cimbreando estructuras, afrontando y superando el óbice, conmoviendo e implicando a los demás?

La juventud, amigos, hay que entenderla. Difícil limitarla en su naturaleza, imposible constreñirla. Juventud que no pertenece a una edad concreta, que corresponde a su tiempo y que no conlleva implícitamente, porque sí, valores o capacidades, pero que nunca, nunca, debe suponer un estorbo, ni una traba, ni debe tomarse como argumento para la discriminación, ni debe ser subestimada. ¿O acaso no era juventud la que de esa fuente misteriosa todos soñaban beber? Los jóvenes, queridos cofrades, nos han demostrado –y demuestran– grandes cosas. Jóvenes que han sido el motor del cambio –expresión tan de moda en la actualidad–, transformando durante generaciones, incomprendidos, a veces, y en ocasiones respaldados, la realidad de nuestras cofradías, fieles a su esencia pero comprometidos con su regeneración. Y sé que no es preciso que recuerde, una vez más, y cante los logros de aquella juventud valiente que en los años setenta y ochenta del siglo XX fundó o reorganizó un destacado elenco de hermandades, pero sí conviene destacar que éstas, largo tiempo denominadas «las nuevas», tantas veces cuestionadas en su filosofía, formas o estética, sentaron definitivamente las bases de un carisma cofradiero que ha iluminado la senda

continuada por el conjunto de las cofradías de la ciudad, aceptando y asimilando una serie de principios que nadie osaría hoy contradecir.

Prueba esta, como tantas otras, de que el tiempo es sabio y da sentido, proporción y perspectiva a los hechos, aunque vivamos siempre acechados por el olvido y la pérdida de la memoria. Por eso, cofrades, no olvidéis nunca que un día fuisteis jóvenes. No os olvidéis de esa juventud tantas veces convocada y no siempre correspondida, la de la excelencia musical de nuestra ciudad, la de su esplendor cultual, la de la reciente revolución en la manera de llevar de nuestros tronos; esa juventud a la vanguardia de la información cofrade, a la conquista de la comunicación y la difusión digital, la juventud de las bellas artes… Y no es casualidad que, si echamos la mirada atrás y repasamos la historia cofrade de estas últimas décadas, veamos a la juventud – aunque no en exclusiva, claro está– detrás de la mayoría de los logros cofrades consumados. Por eso, y respondiendo a la pregunta… no, nadie ha de temerte, juventud.

Pero sí han de prevenirte, para que huyas de lo extremo y renuncies –un poco, aunque sea– a tu indomable idealismo; para que nunca menosprecies la madurez y entiendas que las hermandades no pueden ser excluyentes, ni para ti, ni para otro – aunque sus ideas puedan parecerte en ocasiones caducas–. Por eso, detente, escucha. Aprovecha y aprende. Empápate de aquello que hoy puedan compartir contigo porque, quizás, te lo estés perdiendo para siempre. Y sé paciente, porque tu momento llegará. Prepárate bien, porque entonces será tu turno y habrás de hacerle frente.

(…)

Las cofradías afrontan hoy nuevos retos y a la juventud, por supuesto, no le son ajenos. Y para esto me he presentado hoy ante vosotros. No seré yo quien os anuncie lo que está por acontecer en los próximos días –cometido que corresponde a nuestra pregonera de 2019, mi hermana Paloma Saborido–. Suya será la palabra, como de José Antonio Jiménez ha sido la valentía, a punta de pincel, para un reclamo cartelístico a cuya honestidad y verdad me adhiero cariñosamente, felicitándole por el arrojo de su oficio.

No, si por algo se define este pregón de la Juventud, pienso, es que nos convoca a una charla de tú a tú, entre cofrades, con la intimidad que nos proporciona el tono menor de su protocolo, de su difusión mediática y del propio espacio en el que nos encontramos; circunstancia meritoria que hemos de agradecer a los hermanos de la Humildad, que con tanto mimo y celo han perseverado, velando por el arraigo de esta valiosa convocatoria de la que me honra formar parte.

Pues bien. Estoy convencido de que si analizamos aquello que nos preocupa de las hermandades –ojalá fuese lo que a todos nos ocupa–, nos adentraríamos en un océano harto navegado, partiendo de los manidos bucles y remolinos en torno al relevo generacional, los huecos vacíos en los varales o las sacrosantas señas de identidad de una Málaga que no empieza ni acaba a placer de quien la pregone, faltaría más. Un tifón de reivindicaciones; un mar revuelto de horarios, itinerarios, tiempos de paso y tarifas de localidades. El oleaje constante de los asuntos estéticos, del coqueteo entre políticos y cofrades, del gusto por las modas, las salidas extraordinarias o las subvenciones. Ventisca centelleante sobre discusiones urbanísticas, cartelería y criterios para las coronaciones –tormenta asegurada–. Asuntos, estos y otros tantos, en definitiva, que nos son habituales y que dejaré a un lado, pues fijo la mirada en

lontananza y diviso en poniente otros temores. Porque pienso, amigos, que el auténtico reto de las cofradías de hoy debe centrarse –antes que en cualquier otra cosa– en la mirada introspectiva, preguntándose por la autenticidad, por la virtud, por la trascendencia y el valor de sus fines. No ha existido mejor Semana Santa en Málaga que la actual, qué duda cabe, más grandiosa o reluciente, más ordenada y planificada, ni puesta en escena tan cuidada, ni ajuar más resplandeciente, ni música más afinada, ni tesorerías más solventes.

Sin embargo –alguna pega habría que ponerle–, continuamos arrastrando unas cuantas faltas que son de siempre, si bien quedan en evidencia teniendo en cuenta nuestro presente, cuando hemos aprobado con nota en todo lo demás pero seguimos con las clásicas asignaturas pendientes. Yo las resumiría en una sola, tremendamente sencilla pero abismal, a la vez; a priori cristalina, pero tantas veces confusa e inquietante, indescifrable y llena de dudas. Ni más, ni menos, que la vida cristiana consecuente, el camino de la fe, el reto de serle fiel a ese Cristo que anunciamos, al que damos forma idealizada y exponemos al culto, que presentamos públicamente y revestimos de las máximas dignidades. Por eso, porque andamos sobrados de recursos, estructura, cercanía y capacidades, porque nos erguimos presumiendo de ser el motor de la evangelización del pueblo, movilizando masas y manteniendo viva una de las reservas espirituales de la Europa actual –la del laicismo de occidente–, porque no escatimamos en el exorno, la pompa… En resumidas cuentas, porque además de parecer hay que ser, los cofrades estamos llamados a ser cristianos excepcionales. Y no siempre lo somos, admitámoslo.

No quiero irme por las ramas, son tiempos difíciles. En un mundo globalizado que nos conduce al individualismo radical, en un mundo hedonista diseñado para distraernos de lo reflexivo, para alejarnos de todo pensamiento que nos lleve a soñar y vivir lo trascendente, en un mundo que rehúye del compromiso y que nos invita a un estado constante de distracción y entretenimiento, que nos embriaga en la quimera de una vida fantasiosa, relativista y centrada en lo material ¿qué papel juegan las cofradías? ¿Y los cofrades, en qué nos diferenciamos, qué es lo que nos define? Y es que creo, amigos, que las cofradías –digo más, la vida cristiana toda– corren el riesgo de quedar difuminadas entre toda esta maraña de formas y estilos de vida. Cuando afirmamos que los cofrades estamos llamados a «dar testimonio» no nos referimos a lucir puntualmente, a lo largo del año, nuestros símbolos y repetir determinadas consignas, a la oración en voz alta o a manifestarnos públicamente de manera constante, rozando en ocasiones la extenuación. No. El testimonio que se espera de nosotros es el del Evangelio, el apostolado, ni más, ni menos.

Y no se trata de aspirar a una idílica pureza y perfección casi divina –humanos somos y, por tanto, expuestos a errar constantemente; de las pocas certezas que podremos prever–, pero es que tenemos el reto de preservar la vida de hermandad de aquellos elementos que le son impropios. Necesitamos que las cofradías se llenen de un espíritu que vaya más allá de lo puramente folklórico, cultural y, por qué no decirlo, de lo lúdico, aprovechándonos de todo el aparato estético y atrayente del que disponemos para ahondar en aquellos aspectos de la vida religiosa –y cofrade, por tanto– relegados a un segundo término; a veces, incluso, con carácter marginal. Y no hace falta que los mencione, pero lo voy hacer: el culto, ciertamente perfeccionado en lo decorativo, con mayor o menor esplendor y pulcritud litúrgica, pero a menudo participado con pobreza. La caridad, más fecunda y copiosa que nunca en la historia de nuestras

cofradías, pero coja de virtud, mientras sea entendida como limosna o mera beneficencia, y no la expresemos como auténtico amor al prójimo. Y luego, la formación. Formación que bastaría para poder entender y acercarnos a todo lo demás, caminando en la certeza hacia una vida cofrade más plena, apartándonos de la oscuridad.

Yo empezaría por aquí. Quizás, si cuidásemos más los cimientos de nuestra casa, nos ahorraríamos tantas, tantísimas cosas. Las disputas y fracciones. Las ansias de poder, las pugnas y la vanagloria del ego, la búsqueda de protagonismos o la entrega condicionada al reconocimiento. Los espectáculos inadecuados, las desafortunadas relaciones públicas, la comunicación disparatada; las sórdidas manifestaciones, la politización interna y externa de las hermandades, los ridículos procesos electorales, los sectarismos, el enfrentamiento ideológico, el propagandismo o el preocupante fenómeno de las «prohermandades». Pero, sobre todo, el vacío patente de una cofradía en evidencia por la falta de auténtico contenido, por la incoherencia o la caricatura, pura y dura, de sí misma. Para mí, cofrades, este ha de ser nuestro principal frente. Y, a partir de aquí, todo lo demás.

(…)

Os miro, jóvenes cofrades, observo y admiro a una generación preparadísima y llena de virtudes. Demasiado castigada, en ocasiones, por la desconfianza y las reservas demostradas hacia vosotros; a nosotros, si me lo permitís. Nada nuevo. A los cofrades millenials, y me ciño a este palabro de la era de la «posverdad» –que me da cien patadas, dicho sea de paso, y al que no dudaría en responder «y yo en los tuyos, por si acaso»–, se les achaca con frecuencia haber nacido y crecido en un ambiente paternalista en el

que se ha dado todo hecho, acunados en la comodidad de no tener que enfrentarse a los grandes retos del pasado y que ahora, en su juventud adulta, carecen del arrojo, la determinación y el compromiso de aquellos, sus predecesores, que lograron con esfuerzo alcanzar aquellas garantías, privilegios y bondades que son las mieles de las que disfrutamos en nuestra vida diaria, dicen. Bueno, esta es la consigna de siempre y no me embarcaré en discurso sociológico alguno. A cada generación, lo suyo; sus ventajas y sus dificultades, sus defectos y sus capacidades. Pero lo cierto es que en esto de las cofradías se viene hablando desde tiempo inmemorial sobre la lobreguez de un futuro incierto en el que siempre faltaban los jóvenes. Y aquí estamos.

He aquí una juventud incorporada al presente activo de las hermandades, integrada en la toma de decisiones –allá donde se les ha dado la oportunidad–, trabajadora e ilusionada con el día a día cofrade, luchadora en la trinchera y resolutiva ante las adversidades. Y advierto mucho talento, en una generación que ciertamente ha tenido la suerte de haber crecido y madurado en la era digital, con todo lo que ello conlleva. Pero no todo ha sido ni es facilidad en la adquisición de conocimientos, agilidad comunicativa y libertad de movimiento. El talento del que os hablo parte de mentalidades concretas, amplitud de miras y la frescura propia del momento, y conlleva tesón y otros méritos, que van mucho más allá de las albacerías, las vocalías de comunicación o de juventud, extendiéndose por el entramado cofrade, dentro y fuera de las hermandades; en la música, las artes y oficios o el periodismo, por ejemplo.

Por eso, insisto, jóvenes cofrades. No aceptéis que os digan «sois el futuro», no os conforméis con promesas lejanas. Sentíos parte del presente, del ahora, del ya. Desembocad en las hermandades, que os están esperando. Y no tengáis prisa, ni os preocupéis del tiempo que podáis dedicarles, que nadie en su sano juicio ha de pediros

cuentas, pues tenéis toda una vida por delante, más vuestra vida, lo sabemos, está repleta de otros retos y obligaciones lógicas. Lo que sí os pido, jóvenes cofrades, es que os impliquéis, que no seáis meros espectadores, pues si de algo anda sobrado este mundo es de aficionados distantes –que están en todo su derecho, mucho cuidado–, contándose demasiadas túnicas colgadas, demasiados bancos vacíos durante los días de culto o demasiadas sillas libres en los cabildos. ¡Animaos a descubrir el sentido del término hermandad, en toda su dimensión! Y abro paréntesis, pues no soy amigo del dogma de dividir a los cofrades entre aquellos que trabajan por su hermandad y los que no –consideración errónea, bajo mi punto de vista–. Sencillamente ¡vividla y participadla!

Las cofradías, jóvenes, os llaman a filas. Quizás de forma oportunista, a veces, pues pueda parecer que sólo se acuerdan de vosotros para completar un tramo de nazarenos o cerrar el tallaje de un trono. Quizás de forma distante, cuando sintáis pasar inadvertidos, pues vuestra bisoñez no os haga interesantes a los torpes ojos de quien os mire. Quizás de forma injusta, cuando os desanime comprobar que se os instrumentaliza en un mero trabajo de zafarrancho. O quizás de forma antipática, en definitiva, cuando advirtáis falta de confianza, de apoyo o un gesto desafortunado. Pero, hacedme caso, todo eso es obra de las personas –que están aquí de paso–. La cofradía es la que os reclama, a contribuir y dar sentido a su condición de comunidad, de iglesia, a darle contenido. Y también os necesita, cómo no, para que aseguréis su continuidad y escribáis esa página que la historia os tiene reservada.

Más no olvidéis, jóvenes cofrades, que tenéis el doble reto de ser innovadores, creciendo siempre en la vanguardia, y, a su vez, salvaguardar la identidad de la hermandad que heredáis, esa personalidad cofradiera que conforma la pieza más valiosa

de su patrimonio y que debe ser preservada de los caprichosos vaivenes de las modas pasajeras; perfeccionada, desde luego, pulida y refinada en la medida de lo posible, pero puesta en valor, mimada, inculcada y transmitida con orgullo y responsabilidad, renunciando al dejarse llevar por lo comercial o lo en ocasiones atrayente, aquello que tantas veces nos lleva, inevitablemente, a la vulgarización, la monotonía y, en definitiva, al tedio. Por eso, cofrades, hemos de apostar sin reservas por nuestras auténticas hermandades, sin disfrazarlas, sin querer que sean otras; con ojo crítico, siempre, sin confundir las manías con las tradiciones, con la mente abierta y el espíritu inquieto pero ¡debemos ser exigentes! Sé que a veces no es sencillo. En ocasiones, lo fácil, el camino más rápido pasa por sumergirse y dejarse llevar por la corriente, asegurando a priori cierta aceptación o éxito –un éxito del que a menudo se acaba muriendo, cuando no se sostiene por la identidad firme, consolidada y verdadera que define a una cofradía y la diferencia de las demás.

Por ello os animo, en definitiva, a que no os instaléis en la vida cofrade perezosa, cómoda y atractiva –por otra parte– de vivir esto como un mero entretenimiento en la lejanía, sin compromiso ni proximidad, pues os estaréis perdiendo una experiencia apasionante, la de sentiros parte activa de algo más que una familia, mayor y más fecundo que hacerse partícipe de la estación de penitencia por un día.

Sí he de hacer una consideración. La juventud por la juventud, tampoco ha de valernos. Y aquí hemos de ser conscientes, todos, de que cada cosa requiere su tiempo. Los jóvenes, en general, pecamos del ímpetu de querer acelerar el cronómetro y de ganar terreno con mucha prisa que, dicen, es propia de malos toreros; más acusada aún en estos tiempos en los que la inmediatez parece haberse hecho dueña del mundo en el

que nos movemos, y que pronto nos frustra cuando no alcanzamos lo que nos proponemos. Y es triste comprobar como, en ocasiones, los jóvenes abandonan pronto y parten, al primer impedimento. ¡Hay que abrir paso a la juventud y sin demora, qué duda cabe! Pero hay que tener la suficiente paciencia, formación y sentido para que las cosas vayan fluyendo. No obstante, todos sabemos que a veces parece que no llega el momento, que hay puertas que permanecen cerradas demasiado tiempo y cargos que parecen adjudicados de por vida con sólido cemento. Pero todo llegará.

Y por eso, cofrades, no debemos perder nunca la memoria, no debemos caer en el error de ser continuadores de aquellas actitudes o aquel espíritu que nos hizo daño o nos provocó desaliento, pues la vida puede ser traicionera y con los años vernos carcas y reticentes al cambio –justo aquello que veníamos maldiciendo–. ¡Jóvenes cofrades! Aportad valores nuevos, no vengáis a reproducir en el futuro los vicios de las generaciones anteriores, no cometáis la torpeza de caer en la misma zanja. Conducidnos siempre al progreso, no sea que algún día podáis arrepentiros de acabar convertidos en eso, en cofrades trasnochados o gestores de un modelo superado; en responsables, definitivamente, de la falta de incorporación de los jóvenes venideros.

(…)

No obstante, queridos jóvenes, hay cosas de las que me gustaría que charlásemos, asuntos que se me antojan urgentes de reflexión, muy al hilo de aquella pregunta que antes os lanzaba… ¿en qué nos diferenciamos los cofrades de los demás? En el aspecto íntimo o interno, ya lo hemos comentado, la vida de las cofradías está llena de faltas; minada, en ocasiones por el desencuentro, la injusticia y la fealdad humana propias de nuestra condición terrena. Sin embargo, si algo caracteriza la forma de vivir y de relacionarnos en este tiempo es el carácter infinitamente público de una comunicación sin límites, el de la exposición constante a los ojos y valoración del mundo, que asiste sin descanso al pasar de la vida de los demás, ya sea próxima o lejana, interesante o insulsa. Tanto, que pronto se cotizará con alto precio alcanzar la condición ermitaña, considerándose un lujo o un bálsamo curativo ante semejante sobredosis digital.

Y es que vivimos presos de la red. Si Quevedo levantase la cabeza, a buen seguro arrancaría de nuevo su célebre e histórico soneto con «érase un hombre a un móvil pegado». La vida cofrade, como la vida social, ha pasado con el tiempo a situar nuestra convivencia filtrada a través de una pantalla. Y nos ha mejorado mucho la vida, infinitamente, pero también nos ha transformado en seres extraños. ¿O quién no se ha sentido ridículo en una reunión de personas, da igual el vínculo, calladas todas y con la cabeza agachada, meneando los dedillos de arriba abajo con la frente iluminada? De igual modo, ¿no resulta extraño que vengamos los cofrades reivindicando la luz de la cera, el respeto a la marcha que suena y el asombro romántico ante una maniobra extrema, cuando resulta que estamos todos grabando con los móviles a mano alzada, estropeando la instantánea, plagando las calles de luminosos destellos blancos, tropezando con los acólitos y sin enterarnos absolutamente de nada?

A veces parece que lo que no se publica no existe. Yo diría que todo lo contrario. Con frecuencia, lo mejor y más auténtico, lo que verdaderamente nos llena y queda en lo más profundo del recuerdo es lo que no se muestra. Pero, precisamente, porque nos pasamos el día publicando, leyendo, compartiendo y enredando, quiero deciros algo: en ocasiones, parece que se ha perdido la perspectiva: la consciencia de que somos cofrades y de que hablamos de cofradías. Por eso me chirría tanto comprobar cómo quebramos el ambiente importando el tono, las formas y un estilo que nos son del todo impropios. ¿De verdad no os da la sensación de que a veces nuestras discusiones se parecen demasiado a los encendidos debates políticos, las broncas tertulias deportivas o, sencillamente, a vulgares cotilleos sociales? ¿Veis? ¿En qué nos diferenciamos?

Hablar de cofradías no tiene que implicar el ponernos muy bien puestos, con airecillo de meapilas, ni la sucesión de cursiladas, ni las falsas caretas de beato, ni la verborrea barroca, ni la benevolencia hipócrita. Hablar de cofradías casa perfectamente con el humor, la guasa, la acidez fina y la sana crítica. Hablar de cofradías es compatible con cualquier debate. Es más, el análisis es necesario; enriquece descubrir en otros puntos de vista nuestros aciertos o debilidades. Y eso, qué duda cabe, nos empuja al progreso. Hablar de cofradías no está reñido con la modernidad, ni lo desenfadado. Pero hemos de asumir que no todo vale, no. Ni podemos perder de vista dónde nuestra libertad para expresarnos termina en una falta de respeto o, como ocurre con demasiada frecuencia, en una muestra de mal gusto.

¡Insisto! ¡Diferenciémonos! Renunciemos a ese ambiente viciado en el que todo se polemiza, dejemos de polarizar los debates continuamente. ¡Seamos elegantes y capaces de conversar en armonía! En ese sentido creo, cofrades, que ha llegado el momento de echar el freno y plantearnos la imagen que estamos dando cuando no somos capaces de leer comprensivamente, escucharnos, entendernos, de mostrar empatía… ¡Ahí os quiero ver, jóvenes! No os dejéis contagiar de un carácter agrio, pesimista y malpensado de primeras, no permitáis que vuestra condición de cofrades se vea empañada por la hostilidad de una sociedad en permanente pie de guerra digital. Dad ejemplo y llevad por bandera esa máxima que nos invita a manifestaros libremente, a compartir sin imponer, a confrontar sin hostigar, a reír sin banalizar, a rebatir sin faltar.

(…)

¡Aún estás a tiempo, cofrade! Aún estás a tiempo de pararte y escudriñar en la Cuaresma ese espíritu que parece escapársete. No hay año en que mi querido D. Manuel Gámez no recuerde aquella graciosa expresión con la que Lola Carrera, su vieja amiga, solía referirse al transcurrir de estos días: la «loca Cuaresma», decía. ¡Y qué razón tenía!

Cuarenta locos días que nos traen de cabeza con una agenda en ocasiones disparatada y que a más de uno, imagino, habrá suscitado la duda de ¿qué lugar ocupo en este tiempo? ¿Dónde está mi sitio? Por eso, debemos elegir bien. Yo elijo esa Cuaresma de las tardes de hermandad rodeado de amigos, elijo la Cuaresma de las tertulias en calma, charlando de cofradías. Elijo la Cuaresma en la que te encuentras cara a cara, a solas, con tu Cristo o con tu Virgen, en el pacífico y tenue oasis de la

capilla vacía; la Cuaresma de los vía-crucis ausentes de ruido que te arrancan de la rutina y el bullicio y te arrastran, mar adentro, dejándote a solas contigo mismo. Elijo la Cuaresma lejos de los protocolos, la etiqueta y de unas vísperas sin sentido, plagadas de manifestaciones que distorsionan nuestro auténtico objetivo. Elijo, en definitiva, esa Cuaresma que, si bien nunca es perfecta, en la que a menudo andamos distraídos, sí nos deja margen para sentir que de veras la vivimos; que nos permita, al final, tener la certeza de que cuando acabe podamos decir «algo me llevo conmigo».

La Cuaresma es un camino, jóvenes cofrades; una travesía que hay que afrontar para llegar a nuestro puerto, que es la Resurrección. Nos equivocamos si creamos artificialmente una Cuaresma desconectada de lo demás, un tiempo exento del que parece que a veces no queremos salir, que deseamos que dure y dure porque nos faltan horas para tachar de la agenda demasiadas cosas que, al final, son granos de arena en el desierto.

La Cuaresma da para mucho, cofrades; para la oración y los conciertos, para ensayos de hombres de trono, repartos de túnicas y para reencontrarte con el Evangelio, para cultos solemnes y la oración solitaria en silencio, para compartirla con los tuyos y experimentarla, de veras, por dentro; para escoger tu penitencia, más teniendo presente lo que nos dijo Mateo: que cuando reces o ayunes seas discreto, que te laves la cara, te perfumes y te alejes del postureo. Que no es la Cuaresma un tiempo de triste y mustia oscuridad, sino ese sendero que nos conduce a lo que cada año celebramos igual, pero que siempre nos trae algo nuevo, que tiene que llenarnos de alegría por alcanzar, al fin, la cumbre de nuestro misterio: la certeza de que hubo quien murió por nosotros para abrirnos las puertas del cielo, que cargó con el peso de nuestra

miseria y de la del mundo entero, que nos alcanzó la gloria que nos conduce a lo eterno.

(…)

Y cuando llegue el Viernes de Dolores, déjame que comparta contigo esto: la vibrante emoción contenida de subir al Calvario, como tantas otras personas antes que yo, a través de los siglos. Un ascenso lento, despacio, que me permite advertir, en cada gota de cera escondida entre sus peñascos, los ecos ya lejanos de las oraciones que aún deambulan, resonando bajo los pinos, alrededor de las viejas cruces en cuyos gastados hierros veo brillar la caída de la tarde, recordando el fulgor de las antorchas que ardieron en días pasados, con el perfume todavía presente del incienso quemado.

Tarde callada en la que alcanzo la cima y me encuentro, un viernes más, ante aquella ermita en la que guardo parte de mi vida. Viernes de Dolores de la Virgen; de la mía, de la tuya, de la de todos, que del Monte Calvario desciende silente, mezclándose entre los árboles a la voz del santo rosario, dejando atrás todo un monte de plegarias, intenciones y rezos de septenario. Impacientes tus cofrades, que sosiegan el paso firme con el que recorren la calle de la Amargura con la ilusión de llegar al Santuario, donde nos espera la Patrona en su retablo, en la Victoria de San Francisco de Paula, de Isabel y de Fernando. ¡Estas son mis vísperas!

Y allí me encuentro, una vez más, Señor, ante ti. Y me siento pequeño, mínimo y frágil, al descubrir en tu figura tanta verdad, tanta razón. Ahora, que te veo sobre el trono y contemplo el paso de tu presentación al pueblo, ahora, que giro la mirada y te veo, Virgen de la Merced, bajo palio en el crucero, ahora sé que llegó la hora esperada.

Los altares de insignias dispuestos, la cera que espera ser prendida en sus pabilos nuevos. Y allá afuera miles de cofrades inquietos, deseando que se abran de par en par las puertas y suenen las campanadas de su particular año nuevo.

Llegó el momento, cofrades, y poco o nada falta que os diga que no os hayan dicho ya. Imagino vuestros nervios pensando en la Semana Santa que está a la vuelta de la esquina, la incertidumbre ante un año en el que vais a vivirla tan distinta, tan nueva. La ilusión, la nostalgia, tantos recuerdos…

Lo único que os pido, especialmente a los jóvenes, es que la viváis de verdad, con autenticidad, que la cuidéis y que os la creáis. Largo tiempo viene reclamándose en Málaga, en pregones, actos y artículos de prensa, un monumento a la Semana Santa de la ciudad. Mientras llega o no llega, hagamos de esa demanda nuestro monumento viviente cada año, con respeto y sin estridencias, con cofradías que hagan verdadera estación de penitencia y que, sea cual sea su carisma, no queden nunca en evidencia. Profundicemos en la esencia y no nos quedemos únicamente en lo estético o artístico, que resulta del todo estéril, de veras, si no lo llenamos de espíritu y trascendencia.

Preocupémonos por cuidar a las personas, a nuestros hermanos, formémonos y contribuyamos a que exista una auténtica cultura cofrade, que nuestras hermandades sean activas comunidades de vida cristiana, y siempre cerca del altar.

¡Jóvenes cofrades de todas las edades! Los que aún vestís uniforme de colegio, los que llenáis las facultades, jóvenes que ya trabajáis o andáis a la búsqueda de vuestro primer empleo; padres de familia, jóvenes que ya peináis canas. ¡Jóvenes! Siempre será vuestro momento. Amad y participad vuestras cofradías, transmitidlas y soñadlas con

la ilusión de un niño pequeño, madurad con ellas y cuidadlas, sentíos simple átomo de un todo mucho mayor, siempre fraterno; comprometeos con fidelidad, más no olvidéis nunca que somos perecederos; pero, sobre todo, amigos, sentíos dichosos, sacad pecho y vivid con orgullo el ser cofrades, sin complejos.

HE DICHO.

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